Mi amor por ti es un fuego inextinguible


Mi amor por ti es constante e inmutable. No fluctúa según los estados de ánimo o las estaciones. Mi amor por ti brilla y arde como una llama constante que es alta y brillante. Nunca dudes de Mi imperante amor por ti, el amor que triunfará en ti y en tu alrededor, siempre que vengas a Mí con confianza y me ofrezcas todas tus flaquezas, tus debilidades, e incluso tus pecados.

Nada aflige tanto Mi divino corazón como la duda de mi amor misericordioso. El pecado en todas sus formas y manifestaciones me ofende y aflige mi más amoroso corazón, pero quien duda de mi amor misericordioso me aflige de una manera que no puedes imaginar. Es porque soy amor, y todo el amor; es porque mi misericordia es la expresión de mi amor hacia los pecadores, el cual sufre cuando estos mismos pecadores se cierran a mí dudando, Yo que soy todo amor y siempre dispuesto a perdonar a todos.

Nunca dejes que el pecado se convierta en un pretexto para alejarte de mí. En vez de eso, que el pecado sea un catalizador que te empuje hacia mi presencia. Allí en mi presencia, como en el horno, el pecado se consume en el fuego de mi amor misericordioso, las almas se hacen limpias, curadas y restauradas a mi amor misericordioso. Mis brazos están abiertos para recibir los pecadores arrepentidos en el abrazo de mi amor misericordioso; más aún, mi costado fue herido, para dar a los pecadores un camino en mi Corazón más profundo; su hospital, su refugio, su lugar de curación, su refrigerio y su santidad, es decir, la separación de todo lo que es incompatible con mi amor. Que nada te separe de mi Corazón.


In Sinu Jesu (Diario de un Sacerdote en la Oración)
Septiembre 28 del 2017










El silencio transformador de Dios


"Necesitamos encontrar a Dios, y no puede ser encontrado en ruidos e inquietudes. Dios es el amigo del silencio...Cuanto más recibimos en la oración silenciosa, más podemos dar en la vida activa. Necesitamos silencio para poder tocar las almas. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice a nosotros y a través de nosotros. Jesús siempre nos espera en silencio. En este silencio nos escucha y habla a nuestras almas. Y allí, escucharemos su voz...En este silencio encontramos una nueva energía y una unión real. La energía de Dios se convierte en nuestra, permitiéndonos realizar las cosas bien. Hay unidad de nuestros pensamientos con sus pensamientos, de nuestras oraciones con sus oraciones, de nuestras acciones con sus acciones, de nuestra vida con su vida ".




(Santa Madre Teresa)
Septiembre 25 del 2017

Bajo tu amparo nos acogemos...


Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro,
haya sido desamparado.

Animado por esta confianza, a Vos también acudo,
¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.

¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente.

Amén.




Memorare - La oración para acudir al auxilio de Santa María (San Bernardo)
Septiembre 21 del 2017



No te rindas en la lucha


...Hablas abiertamente de tus debilidades y pecados - pereza y desobediencia. Si has comenzado a notar esto en ti, significa que estás atento a ti mismo, y esto es una gran misericordia de Dios. Te sientes que no serás salvo - ¡y eso es un pensamiento importante que tienes! Es malo no tenerlo, porque sin el puedes caer en la falsa autoestima y el falso orgullo, y así perecer a pesar de tus buenas obras. Por otro lado, también es malo entregarse a este pensamiento demasiado, porque se puede caer en la desesperación. Orar. Orar. Orar. Eso es todo lo que puedo decirte al respecto, y el Señor te hará entender. Por lo menos, lucha contra tu pereza. No te rindas a ello.... Todo tu esfuerzo consiste en luchar contra tus pasiones. ¡Pelea!



De una carta del Obispo San Inocencio, a su hija. Año 1854
Septiembre 19 del 2017

¡Oh! ¡La Cruz de Cristo! Tesoro bendito de Amor


 “¡Oh! ¡la Cruz de Cristo! ¿Qué más se puede decir? Yo no sé rezar… No sé lo que es ser bueno… No tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo… Sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias… Sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie cambiaría…, mí cruz…, la Cruz de Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso…, ¡cómo explicarlo! Quien esto no haya sentido…, ni remotamente podrá sospechar lo que es.

Ojalá los hombres todos amaran la Cruz de Cristo… ¡Oh! si el mundo supiera lo que es abrazarse de lleno, de veras, sin reservas, con locura de amor a la Cruz de Cristo…! Cuántas almas, aun religiosas, ignoran esto… ¡qué pena!”.



(San Rafael Arnáiz)
Septiembre del 2017. Exaltación de la Santa Cruz

Ámame tal como eres


Conozco tu miseria,
las luchas y tribulaciones de tu alma,
la debilidad y las dolencias de tu cuerpo;
conozco tu cobardía,
tus pecados y tus flaquezas.
A pesar de todo te digo:
dame tu corazón, ámame tal como eres.

Si para darme tu corazón
esperas ser un ángel,
nunca llegarás a amarme.
Aún cuando caigas de nuevo,
muchas veces en esas faltas
que jamás quisieras cometer
y seas un cobarde para practicar la virtud,
no te consiento que me dejes de amar.
Ámame tal como eres.

Ámame en todo momento
cualquiera que sea la situación
en que te encuentras,
de fervor o sequedad,
de fidelidad o de traición.
Ámame tal como eres.

Déjate amar. Quiero tu corazón.
En mis planes está moldearte,
pero mientras eso llega,
te amo tal como eres.

Y quiero que tú hagas lo mismo.
Deseo ver tu corazón que se levanta
desde lo profundo de tu miseria:
amo en ti incluso tu debilidad.
Me gusta el amor de los pobres,
quiero que desde la indigencia
se levante incesantemente este grito:
Te amo, Señor.
Lo que me importa es el canto de tu corazón.
¿Para qué necesito yo tu ciencia o tus talentos?
No te pido virtudes,
y aún cuando yo te las diera, eres tan débil,
que siempre se mezclaría en ellas
un poco de amor propio.
Pero no te preocupes por eso…
preocúpate sólo de llenar con tu amor
el momento presente.

Hoy me tienes a la puerta de tu corazón,
como un mendigo,
a mí que soy el Señor de los señores.
Llamo a tu puerta y espero.
Apresúrate a abrirme.
No alejes tu miseria.
Si conocieras plenamente la dimensión
de tu indigencia, morirías de dolor.
Una sola cosa podría herirme el corazón:
ver que dudas y que te falta confianza.

Quiero que pienses en mí
todas las horas del día y de la noche
No quiero que realices ni siquiera
la acción más insignificante 
por un motivo que no sea el amor.
Cuando te toque sufrir yo te daré fuerzas.
Tu me diste amor a mí.
yo te haré amar a ti más de lo
que hayas podido soñar.
Pero recuerda solo esto:
ámame tal como eres.  


(Charles de Foucauld)
Septiembre 10, del 2017



Sufrir por amor a un Dios crucificado


12 de diciembre de 1936 - Sábado - 25 años
Mi cuaderno - San Isidro

Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre. Es la hora del trabajo, y como es sábado y hace mucho frío, no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde se limpian las lentejas, se pelan patatas, se trituran las berzas, etc... Le llamamos el "laboratorio". 
En él hay una mesa larga, y unos bancos, una ventana y encima un crucifijo.

El día está triste. Unas nubes muy feas, un viento "si es no es" fuerte, algunas gotas de agua que caen como de mala gana y que lamen los cristales y, dominándolo todo, un frío digno del país y de la época.
Lo cierto es que, aparte del frío, que lo noto en mis helados pies y refrigeradas manos, todo esto se puede decir que casi me lo imagino, pues apenas he mirado a la ventana. La tarde que hoy padezco es turbia y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio, y parece que unos diablillos, están empeñados en hacerme rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos... Paciencia y esperar.

En mis manos han puesto una navaja y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes... y tan fríos... ¡Qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.
El tiempo pasa lento y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados.
Los diablillos me siguen dando guerra. ¡¡Qué haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos con esa seriedad de magistrado de luto.
Un demonio pequeñito, y muy sutil, se me escurre muy adentro y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas, patatas, berzas y nabos.
El día está triste... No miro a la ventana, pero lo adivino. Mis manos están coloradas, coloradas como los diablillos; mis pies ateridos... ¿Y el alma? Señor, quizá el alma sufriendo un poquillo... Más no importa,... Refugiémonos en el silencio.


Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra en mi alma... Una luz divina, cosa de un momento... Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa!... ¡Qué pregunta! Pelar nabos..., ¡Pelar nabos!... ¿Para qué? ... Y el corazón dando un brinco contesta medio alocado: pelo nabos por amor..., por amor a Jesucristo.
Ya, nada puedo decir que claramente se puede entender, pero sí diré que allá adentro, muy adentro del alma, una paz muy grande, vino en lugar de la turbación que antes tenía; sólo sé decir que el sólo pensar que en el mundo se pueden hacer de las más pequeñas acciones de la vida, actos de amor de Dios..., que el cerrar o abrir un ojo hecho en su nombre nos puede hacer ganar el cielo... Que el pelar unos nabos por verdadero amor a Dios, le puede a El dar tanta gloria y a nosotros tantos méritos, como la conquista de las Indias. El pensar que por sólo su misericordia tengo la enorme suerte de padecer algo por El..., es algo que llena de tal modo el alma de alegría, que si en aquellos momentos me hubiera dejado llevar de mis impulsos interiores, hubiera comenzado a tirar nabos a diestro y siniestro, tratando de hacer comunicar a las pobres raíces de la tierra, la alegría del corazón... Hubiera hecho verdaderas filigranas malabares con los nabos, la navaja y el mandil.
Me reía a "moco tendido" (quizá por el frío) de los diablillos rojos, que asustados de mi cambio, se escondían entre los sacos de garbanzos y en un cesto de repollos que allí había.

¿De qué me puedo quejar? ¿Por qué entristecerse de lo que es sólo motivo de alegría? ¿A qué más puede aspirar un alma, que a sufrir un poco por un Dios crucificado?
Nada somos y nada valemos; tan pronto nos ahogamos en la tentación como volamos consolados al más pequeño toque del amor divino.
Cuando comenzó el trabajo, nubes de tristeza cubrían el cielo. El alma sufría de verse en la cruz; todo la pesaba: la Regla..., el trabajo, el silencio, la falta de luz de un día tan triste, tan gris y tan frío. El viento, soplando entre los cristales, la lluvia y el barro..., la falta de sol. El mundo tan lejos..., tan lejos..., y yo mientras tanto, pelando mis nabos sin pensar en Dios.
Pero todo pasa, incluso la tentación... Ha pasado el tiempo, ya llegó el descanso, ya se hizo la luz, ya no me importa si el día está frío, si hay nubes, si hay viento, si hay sol. Lo que me interesa es pelar mis nabos, tranquilo, feliz y contento, mirando a la Virgen, bendiciendo a Dios.

Qué importa el pesar de un momento, el sufrir un instante... Lo que sé decir es que no hay dolor que no tenga compensación en ésta o en la otra vida, y que en realidad para ganar el cielo se nos pide muy poco. Aquí en una Trapa, quizá sea más fácil que en el mundo, pero no es por el género de vida éste o aquél, pues en el mundo se tienen los mismos medios de ofrecer algo a Dios. Lo que pasa es que el mundo distrae y se desperdicia mucho. El hombre es el mismo aquí que allí; su capacidad para sufrir y para amar es la misma; adonde quiera que vaya llevará cruz (2).
Sepamos aprovechar el tiempo... Sepamos amar esa bendita cruz que el Señor pone en nuestro camino, sea cual sea, fuere como fuere.

Aprovechemos esas cosas pequeñas de la vida diaria, de la vida vulgar... No hace falta para ser grandes santos grandes cosas, basta el hacer grandes las cosas pequeñas.
En el mundo se desaprovecha mucho, pero es que el mundo distrae... Tanto vale en el mundo el amar a Dios en el hablar, como en la Trapa en el silencio; la cuestión es hacer algo por El..., acordarse de El... El sitio, el lugar, la ocupación, es indiferente.
Dios me puede hacer tan santo pelando patatas que gobernando un imperio.

Qué pena que el mundo esté tan distraído..., porque he visto que los hombres no son malos..., y que todos sufren, pero no saben sufrir...
Si por encima de la frivolidad, si por encima de esa capa de falsa alegría con que el mundo oculta sus lágrimas, si por encima de la ignorancia de lo que es Dios, elevaran un poco los ojos a lo alto..., seguramente les ocurriría lo que al fraile de los nabos..., muchas lágrimas se enjugarían, muchas penas se endulzarían y muchas cruces se amarían para poder ofrecerlas a Cristo.

Cuando terminó el trabajo, y en la oración me puse a los pies de Jesús muerto..., allí a sus plantas deposité un cesto de nabos peladitos y limpios... No tenía otra cosa que ofrecerle, pero a Dios le basta cualquier cosa ofrecida con el corazón entero, sean nabos, sean Imperios.

La próxima vez que vuelva a pelar raíces, sean las que sean, aunque estén frías y heladas, le pido a María no permita se me acerquen diablillos rojos a hacerme rabiar. En cambio, la pido me envíe a los ángeles del cielo, para que yo pelando y ellos, llevando en sus manos el producto de mi trabajo, vayan poniendo a los pies de la Virgen María rojas zanahorias; a los pies de Jesús, blancos nabos, y patatas y cebollas, coles y lechugas...

En fin, si vivo muchos años en la Trapa voy a hacer del cielo una especie de mercado de hortalizas, y cuando el Señor me llame y me diga basta de pelar..., suelta la navaja y el mandil y ven a gozar de lo que has hecho..., cuando me vea en el cielo entre Dios y los Santos, y tanta legumbre..., Señor Jesús mío, no podré por menos de echarme a reír.



(San Rafael Arnáiz)
Septiembre 4 del 2017