Todo me es prestado para la gloria de Dios


Inspiraciones y pensamientos del Espíritu Santo

Madre querida, yo escribía ayer que, al no ser míos los bienes de aquí abajo, no debería resultarme difícil no reclamarlos nunca si alguien me los quita.

Tampoco los bienes del cielo me pertenecen. Me han sido prestados por Dios, que puede quitármelos sin que yo tenga ningún derecho a quejarme.

Sin embargo, los bienes que vienen directamente de Dios, las intuiciones de la inteligencia y del corazón, los pensamientos profundos, todo eso constituye una riqueza a la que solemos apegarnos como a un bien propio que nadie tiene derecho a tocar…

Por ejemplo, si durante la licencia comunicamos a una hermana alguna luz recibida en la oración, y poco después esa hermana, hablando con otra, le dice lo que le habíamos confiado como si lo hubiese pensado ella misma, parece que se apropia de algo que no era suyo.

O bien, cuando en la recreación decimos por lo bajo a nuestra compañera una frase ingeniosa o que viene como anillo al dedo, si ella la repite en voz alta sin decir la fuente de donde procede, parece también un robo a la propietaria, que no reclama nada pero que tiene muchas ganas de hacerlo y que aprovechará la primera ocasión para hacer saber sutilmente que se han apropiado de sus pensamientos.

Madre, yo no sabría explicarle tan bien estos tristes sentimientos de la naturaleza si yo misma no los hubiese experimentado en mi propio corazón. Y me gustaría mecerme en la dulce ilusión de que sólo han visitado el mío, si usted no me hubiese mandado escuchar las tentaciones de sus queridas novicias.

En el cumplimiento de la misión que usted me confió he aprendido mucho. Sobre todo, me he visto obligada a practicar yo misma lo que enseñaba a las demás. Y así, ahora puedo decir que Jesús me ha concedido la gracia de no estar más apegada a los bienes del espíritu y del corazón que a los de la tierra.

Si alguna vez me ocurre pensar y decir algo que les gusta a mis hermanas, me parece completamente natural que se apropien de ello como de un bien suyo propio. Ese pensamiento pertenece al Espíritu Santo y no a mí, pues San Pablo dice que, sin ese Espíritu de amor, no podemos llamar “Padre” a nuestro Padre que está en el cielo. El es, pues, muy libre de servirse de mí para comunicar a un alma un buen pensamiento. Si yo creyera que ese pensamiento me pertenece, me parecería al “asno que llevaba las reliquias”, que pensaba que los homenajes tributados a los santos iban dirigidos a él.


No desprecio los pensamientos profundos que alimentan el alma y la unen a Dios. Pero hace mucho tiempo ya que he comprendido que el alma no debe apoyarse en ellos, ni hacer consistir la perfección en recibir muchas iluminaciones. Los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras.



Santa Teresa del Niño Jesús

Historia de un Alma. Capitulo XI (19-20)

2 comentarios :

FLOR DEL SILENCIO dijo...

Solo puedo decir, gracias, Ven Espíritu Santo a mi corazón y al corazón de cada hombre, gracias, un fuerte abrazo.

Felicitas dijo...

¡qué nivel de lucha contra las propias malas inclinaciones! A esa lucha fina y pormenorizada estamos llamados todos, María. Gracias por recordárnoslo.
Un abrazo fraterno