El Rosario como oración contemplativa (Segunda Parte)


Continuamos con la segunda y última parte del Rosario, como oración contemplativa, por el Padre Thomas Keating. Del libro: Intimidad con Dios.


El camino hacia la contemplación es ir más allá de las oraciones vocales y más allá de la reflexión cuando sientes la atracción de guardar silencio. Éste es el momento en que deberías sentirte libre para dejar de decir las oraciones vocales y seguir la atracción  de quedarte callado, porque tanto las oraciones vocales como la meditación discursiva están destinadas a conducirnos gradualmente a ese lugar secreto y sagrado. Éste es su único propósito. Muchos no lo comprenden y piensan que tienen que rezar un número determinado de misterios o un número determinado de oraciones. Éste no es el propósito del rosario. Cuando te comunicas con un amigo o con un ser querido, la conversación ha de ser espontánea y cuando te sientes inclinado a descansar en el otro, tienes que permanecer en silencio. Si la otra persona habla o si tú dices algo, se rompe ese nivel particular de comunicación y volvéis a la conversación. Cuando pasa la sensación de descansar en Dios, puedes volver a tu recitación del rosario donde lo dejaste. Si no tienes tiempo para ello, no importa. No hay ninguna obligación de terminar nada. En realidad la compulsión de completar un cierto número de oraciones vocales dificulta la espontaneidad en la oración contemplativa.  Es necesaria la libertad interior para seguir el movimiento del Espíritu tanto en nuestras reflexiones como en nuestra relación con la comunicación silenciosa. Esa libertad es renovadora. Conozco a muchas personas que han aprendido a rezar el rosario de esta forma. Pero también tenemos que enseñar a otros a orar de esta forma. Muchos se sienten atraídos a permanecer en silencio a pesar de sí mismos o por casualidad, y se sienten culpables porque no completan el número fijado de oraciones vocales. El Espíritu los lleva a ese espacio sosiego, pero involuntariamente en ocasiones se oponen al Espíritu, que los llama al silencio, por causa de sus ideas preconcebidas. 



Antiguamente se recitaba un cierto número de misterios para ganar indulgencias. Esta práctica ha disminuido actualmente y, sea cual fuese su valor, nunca se debería haber permitido que dificultará el movimiento del Espíritu que nos conduce a la contemplación. En ese descanso oímos la palabra de Dios en el nivel más profundo, somos incorporados a Jesucristo y comenzamos a asimilar lo que Pablo llama la “mente de Cristo” (1 Corintios 2, 16), que se podría resumir como la experiencia del Espíritu y las bienaventuranzas. Cuando los frutos del Espíritu se desbordan en nuestra vida diaria, experimentamos la plenitud real de la vida cristiana. Entonces la oración alimenta constantemente nuestra actividad diaria. Nuestro apostolado, la paternidad y la maternidad entre los misterios más grandes de la vida cristiana – se harán más efectivos. Todo el propósito del rosario es conducir a esta experiencia profunda de Nuestra Señora, que junto con Jesús infunde el Espíritu en nosotros. Lo que importa es la calidad de la oración y no tanto la cantidad. El desarrollo de la fe y del amor es el fruto de la reflexión de los misterios del rosario y, especialmente, del descanso en ellos. 


En nuestro monasterio de Spencer, Massachusetts, había un hermano lego que era un gran devoto del rosario. Cuando entró en 1944 en Valley Falls, Rhode Island, antes del fuego que obligó a la comunidad a trasladarse a Spencer, este querido hermano, cuyo nombre era Patrick, estaba encargado de ordeñar las vacas. Como había ordeñado las vacas durante muchos años, sus dedos y sus manos eran extraordinariamente grandes. Estaba siempre encorvado porque había tenido que permanecer bajo las vacas día tras día durante el tiempo del ordeño. Tenía una gran devoción al rosario y siempre estaba recitando. De hecho, nunca dejaba de rezarlo. Conservamos una fotografía suya, hecha poco tiempo antes de su muerte, en la que se pueden ver sus labios entreabiertos, mientras recita las oraciones del rosario. El rosario se había convertido para él en una especie de andamio que le permitía ocupar sus manos con una clase de actividad muy simple de modo que su cuerpo no dificultaba su oración constante. Dentro del andamio se encontraba el edificio real: su devoción interior a Nuestra Señora y su unión contemplativa con Dios.  En el caso de aquellos para quienes las cuentas se han convertido en un andamio para su unión con Dios, el pasar las cuentas continuamente, incluso en medio de la actividad, no dificulta su contemplación. Por el contrario, parece que esta repetición continua sostiene su oración interior profunda. No obstante, la mayoría de las personas, antes de llegar a ese estado de oración, descubren que para entrar plenamente en el descanso profundo que infunde el Espíritu, necesitan liberarse de todas las demás actividades. En caso contrario, la repetición se hace mecánica. El hermano Patrick era famoso porque pasaba las cuentas sin detenerse. Las llevaba a todas partes. Por entonces dormíamos en un dormitorio común, sobre tablas pequeñas sujetas a la pared en cada extremo de la celda. El jergón colocado sobre las tablas era más duro que las mismas tablas. Una noche, cuando todos estábamos dormidos hubo un ruido terrible. Las tablas en las que se encontraba el jergón del hermano Patrick habían caído al piso de cemento. Todos nos incorporamos de un salto en la cama. Hubo unos segundos de silencio mortal. Inmediatamente después oímos: “Dios te salve, María, llena eres de gracia….” Esta oración era la primera respuesta del hermano Patrick en cualquier ocasión. Más tarde, cuando envejeció tanto que ya no podía trabajar, estuvo permanentemente en la enfermería. Se volvió bastante sordo, de modo que para recordar mejor todas las palabras del rosario, adquirió el hábito de repetirlas. Le gustaba repetirlas en voz alta cuando pensaba que no había nadie cerca, pero no se podía oír a sí mismo. Decía así: “Dios te salve, María, llena eres de gracia…., llena eres de gracia…, llena eres de gracia; el Señor está contigo…., contigo…., contigo”. Un día había un novicio en la enfermería limpiando la capilla y el hermano Patrick estaba rezando el rosario en voz alta como de costumbre. Entonces llegó a la frase: “Bendita tú eres entre las mujeres”. Y , como era su costumbre, continuó repitiendo la última palabra: “mujeres…., mujeres…., mujeres….”. El novicio, consternado, fue corriendo a buscar al abad. “¡Ese viejo monje de la enfermería debe tener terribles tentaciones!”, exclamó impulsivamente. “¡Sólo puede pensar en mujeres!”. En marzo de 1950 el monasterio de Valley Falls, Rhode Island, se incendió. Hay una fotografía del hermano Patrick que está sentado mirando el resplandor del fuego. En sus manos tiene las cuentas del rosario. Hay muchas personas que han comprendido el gran poder del rosario y a quienes se les ha enseñado cómo recitarlo con la gracia del Espíritu. Se ha convertido para ellas no sólo en oración continua, sino en oración contemplativa continua. Al decirlo, frecuentemente descansan en el descanso de la divina presencia más allá de los otros misterios. Y descansan en un nivel tan profundo que ni siquiera la actividad de pasar las cuentas y de mover los labios interrumpe su descanso. No tienen que dejar de hacer lo que están haciendo porque Dios está tan presente en sus oraciones que todos sus movimientos son una oración. Pienso que ésta fue la forma en que oró Nuestra Señora. Para ella pensar sobre la oración o tratar de hacerlo pudo haber sido una distracción, porque ella era oración en su propio ser: Era oración. Su relación con Dios, que es la esencia de la oración, era tan íntima que todo lo que hacía era oración sin que pensara en ello. El rosario es indudablemente un medio para la oración contemplativa. Esto es lo que Nuestra Señora ha dicho en varias apariciones en los cien o en los doscientos últimos años: “Rezad el rosario”. A mi parecer – quizás esto sea un prejuicio que tengo como contemplativo -, lo que quiere decir no es sólo que recemos, sino que recemos en forma que nos hagamos contemplativos. En otras palabras: “Rezad el rosario de una forma contemplativa”. 


Así, lo que ella pide primariamente es la oración contemplativa. A medida que la recitación regular del rosario hace más profunda nuestra comprensión de los misterios y nos empuja más allá de los misterios hacia períodos de oración contemplativa, se abren dentro de nosotros diferentes niveles de unión con la divina presencia. La oración centrante es sencillamente otra forma de caminar en esa misma dirección. También podría ser útil para quienes rezan el rosario que se les dé a probar la oración contemplativa, de modo que puedan reconocer más fácilmente la llamada el Espíritu al silencio interior cuando recitan los padrenuestros y las avemarías. Los momentos de oración contemplativa producen un descanso y una vinculación profundos con Dios. Como consecuencia de esta vinculación, tenemos coraje y confianza para afrontar nuestra motivación no pura y la cara oscura de nuestra personalidad. La purificación de nuestra motivación impura y de nuestro egoísmo puede comenzar ahora porque podemos reconocer nuestras heridas más profundas sólo ante alguien de quien sabemos nos ama y en quien confiamos. El amor es la única forma en que un ser humano puede llegar a la plenitud del ser. Si esto se nos ha negado en un grado significativo, entonces hemos desarrollado mecanismos de defensa y nos sentimos arrastrados a buscar la felicidad en símbolos de placer, afecto y estima que son producto de la fantasía y, por consiguiente, su frustración inevitable nos ata con nudos emocionales. En los momentos de contemplación y, como fruto maduro de ella. Dios nos muestra delicadamente, poco a poco, lo que tiene que cambiar en nosotros. Por este motivo el descanso contemplativo, cuando es parte del rosario, lo completa y cumple sus grandes promesas. En los misterios del rosario vemos cómo Dios purifica a los siervos. Nos damos cuenta de que tiene que ser así. También podemos someternos de corazón a nuestra propia purificación. Los principios que he puesto de relieve para el uso correcto del rosario valen también para las otras grandes devociones de la tradición cristiana: el vía crucis (introducido originalmente por san Francisco de Asís), el canto de los salmos, la oración litúrgica llamada oficio divino, la adoración del Santísimo Sacramento, la veneración de iconos y, especialmente, la lectio divina. Extraído del libro: INTIMIDAD CON DIOS



03 de Mayo del 2017




2 comentarios :

camino dijo...

Gracias muy rico su compartir, gracias. Un cristiano sin Rosario, es un soldado sin armas”. Un abrazo.

Marian dijo...

¡Gracias María! El Rosario es la arma más poderosa.

La preferida de nuestra Madre.

Unidas en la oración. Un fuerte abrazo.